domingo, 10 de marzo de 2019

[Historia corta – Queer] “La mujer en la juguetería” de Oh Jung-hee

Título: 완구점 여인 / The Toy Shop Woman / La mujer en la juguetería
Autora: 오정희 / Oh Jung-hee (O Chong-hui)
Fecha de publicación: 1968
País: Corea
Historia incluida en la colección (inglés): River of fire and other stories
Traducción (inglés): Bruce y Ju-Chan Fulton
Libro a la venta en: Amazon, .


* * *

Era hora. El sol reunió sus últimos rayos y la oscuridad se abrió paso, reclamando los alfeizares, envolviendo la luz, cubriendo el aula como una densa neblina. Me sentí como si estuviera en una tumba. Conforme la oscuridad se asentaba, se apagaron las respiraciones y conversaciones rezagadas en la luz que había logrado penetrar las gastadas cortinas. Me quedé con un vacío, como si gritara y sin embargo escuchara solo el eco de mi voz. Los treinta y dos escritorios dobles, ocho filas de profundidad por cuatro filas de largo, cobraron vida mientras todo lo demás se desvanecía en la nada. Su diseño en forma de cuadrícula me asustó. Las dos fauces oscuras de cada par de escritorios me atraían en la penumbra; miré fijamente aquellas aberturas con una mezcla familiar de aprehensión y espanto, como si viera una cueva llena de preciosos tesoros. Mi corazón se aceleró con el conocimiento de que el salón estaba vacío; esos sesenta y cuatro escritorios eran todos míos.

Rompí el silencio: ¿Debería comenzar? Pero, ¿quién contestaría? Solo estaba la oscuridad que se tragaba mis lastimeras silabas.

Primero los escritorios junto a la ventana. A tientas mi mano encontró en uno de ellos un cojín, un lapicero en otro. Abrí el estuche y vacié el contenido dentro de mi mochila. En otro escritorio cedió un par de zapatillas de tela. Me quité las mías, las tiré al otro lado del aula y me puse las que encontré. Estaban un poco apretadas. Me balancee sobre el talón, disfrutando su rígida sensación—¡eran completamente nuevas! Después, un escritorio repleto de pañuelos usados. En el siguiente una lonchera, la cual abrí para revelar una masa desordenada de arroz aplastado del que su dueño solo había picado. Su olor dudoso y sabor endulzado casi me hacen vomitar. ¡No es de extrañar que no comas esta cosa! Me esforcé por escuchar. Mi voz de regaño sonó hueca, como si hubiese regresado a mí a través de una serie de túneles y en el proceso se convirtiera en la voz de alguien más.

Quería hablar con alguien. Quería hablar sobre el mundo en el que desperté dentro de esta oscura y vacía aula, sobre las muñecas tentetieso que coleccioné con los ingresos de mi remunerado trabajo de aquí, sobre la mujer en la juguetería con piernas faltantes. Las ventanas se sacudían con el viento. No hubo cosas de mucho valor en los siguientes escritorios. Me puse impaciente; aburrida, incluso. Pero no podía dejar sin tocar la media docena de escritorios faltantes.

Estaba por meter mi mano en el próximo escritorio cuando escuché el roce de las zapatillas en el pasillo. Me agaché sobre el piso de madera. Parecían sonar muchas de ellas. Ayer y el día anterior habían pasado de largo, desordenadamente, sin entrar al salón. Incluso así mi corazón latió con fuerza; seguí pensando que podrían abrir la puerta y gritar mi nombre, o que sabían exactamente lo que estaba haciendo pero eligieron ignorarme por ahora mientras se aseguraban de que les escuchara. Imaginé dos ojos penetrantes examinándome en la oscuridad. ¿Hay alguien ahí? Me aventuré, temerosa de realmente esperar una respuesta. Pero por supuesto, no hubo alguna.

De vuelta a los escritorios. Me tensé. Ese objeto plano y brillante, ¿era un monedero? Mi mano dudó dentro del escritorio. Estoy segura de que es un monedero, me dije más de una vez, solo para encontrar un estuche de lentes o una carpeta de plástico sujetando un par de pases de tranvía. Sentí nuevamente el objeto, y cuando estaba segura de que lo que había encontrado, lo saqué y lo abrí. Las monedas cayeron al piso. Ese tintineo, por favor, detente. En el escritorio siguiente. Pasé mi mano a lo largo de mi frente; estaba pegajosa por el sudor.

Mi mano jugó dentro del escritorio. Pero solo continuaba los movimientos, aturdida de alegría por encontrar el monedero. Para ahora el aula estaba completamente oscura. Mi mochila mucho más pesada con botes de tinta y el demás botín adquirido. Me aproximé al espejo en la parte trasera del salón. Mi figura apareció en la oscura, lustrosa superficie, y detrás de ella todo el salón. Los escritorios que saquee permanecían en desorden. Seguí mirando el reflejo del salón. Las ventanas se agitaron con mayor fuerza que nunca. Salí al pasillo.

El piso de falso mármol brillaba con los débiles destellos de luz que escapaba de la pequeña habitación de servicio nocturno al final del pasillo. El cielo en el exterior estaba completamente oscuro. La apariencia impecable del pasillo me oprimió. Sentí ganas de tirar mi mochila pesada y rodar sobre el mármol. Sentí ganas de alzar mi rígida falda y orinar en donde estaba parada. En lugar de eso, escupí. El escupitajo se juntaba constantemente en mi boca. Volví a escupir, y luego otra vez. Era extraño como la cosa pegajosa siempre chocaba contra el falso mármol. Ahora mi boca se sentía seca. Reconocí el olor proveniente de ella—el olor que había notado el verano cuando desperté de una siesta después de varios días sin haberme lavado los dientes. Algo zumbaba en mi oído. Lo sentí subir a lo largo de mi garganta, y ahora mi oído derecho zumbaba y se expandía, se expandía y zumbaba. Mi alargado oído transformó el ruido de las ventanas en el temblor del edificio escolar de cemento. El zumbido se convirtió en un rugido. Cubrí mi oído, abrí ampliamente la boca, exhalé hasta que me quedé sin respiración. Pero no podía cerrar la boca o respirar el olor que emanaba, y eso me haría vomitar.

El agua corría por la empapada calle. Allí en el escaparate brillantemente iluminado de la juguetería estaban expuestas las muñecas tentetieso rojas. Y detrás de ellas la mujer en silla de ruedas, mirando hacia la calle. Su cara parecía recién lavada. En los días soleados se veía triste pero ahora, a través de la lluvia, la limpieza parecía irradiar de ella. Sobre su suéter gris con cuello de tortuga, un colgante, con el grabado de una mujer musulmana, descansaba sobre su escaso pecho como si aún tuviera vida; ella parecía una enorme muñeca.

Si abría la puerta de vidrio con mi mochila y entraba, ella me preguntaría si podía ayudarme; sabiendo muy bien que nunca me iba sin comprar una de las muñecas. Entonces, de nuevo, ella podría no haber recordado. Entraron un hombre y una mujer usando impermeables. La mujer en la juguetería hizo una sombra para saludarlos. Yo estaba inmensamente celosa de la pareja. Habiendo desaparecido detrás de algunos juguetes, la mujer en la juguetería volvió a aparecer con una sonrisa en el rostro. Sonreír la hacía parecer veinte años mayor, pasando de finales de la adolescencia hasta los cuarenta. Me había ido familiarizando con cada una de sus expresiones faciales, cada gesto, y sí, las extrañaba. Las personas pasaron de lado, mirándome mientras me presionaba contra la ventana y espiaba el interior. Me obligué a marcharme, luchando para controlar los celos que me recorrían como una corriente eléctrica, intentando contener mi odio por la hormigueante sensualidad que volvía a despertar dentro de mí. Note a un niño vendiendo paraguas y me di cuenta de que mi cuello estaba húmedo por la lluvia. Compré un paraguas amarillo. Pero ahora mis pantorrillas picaban; irritadas por mi falda, la cual se había empapado por la lluvia, cargada y tiesa. ¿Podría alguien por favor cuidar de esta irritación? Ahí, al otro lado de la calle, está una farmacia. Compré unas vendas y encontré bajo un gran edificio un lugar para protegerme de la lluvia, al llegar pude levantar mi falda y colocar la amplia venda en cada pantorrilla. Por fin sentí alivio. Si solo pudiera vendarme por completo, abrumada como estaba por mi ropa húmeda. Quizás entonces podría comenzar a remover de mí misma el odio acumulado, tan espeso y pesado, que tengo en cada parte de mí ser. Extrañaba la habitación de la mujer en la juguetería, las cortinas con el pequeño patrón de flores, la pálida luz. Pero por sobre todo, extrañaba a aquella delgada mujer. Sin embargo, no podía soportar volver a visitarla. Mi comportamiento aquella primera noche seguía fresco en mi mente como una imagen obscena, e incluso ahora casi podía sentir el calor corporal de la mujer y los restos de sus piernas amputadas, mismos que había tocado en la oscuridad de su habitación.

Por mera coincidencia, esa misma noche vi a mi madre. Ella estaba caminando por la calle cargando una canasta con comestibles; miraba los escaparates de los salones que vendían ropa de estilo occidental. Ella no pareció tener prisa, y decidí seguirle. Me mantuve justo detrás de ella, pero no pareció notarlo. Me detuve solo lo suficiente para mantener un poco de distancia entre ambas, y entonces volví a darle alcance. Ella seguía sin parecer darse cuenta. Esto era divertido, seguir a Madre desde una distancia y entonces acercarse. Crucé la calle y la seguí hasta el otro lado. Madre se veía como si pronto estuviera por tener a un bebé. No podía creer lo hinchado que estaba su estómago. Sus ojos estaban rodeados por anillos de decoloración que casi parecían ser un par de lentes.

Estaba acostumbrada a ver su aspecto despreocupado. Desde mi infancia, esta ama de llaves que se convirtió en mi madre, siempre se veía embarazada. Ella deambulaba, algunas veces se detenía para descansar. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se marchó con su niña de seis años? ¿Tres? ¿Cuatro años? No podía recordar con exactitud, pero eso no importa. Ahí estaba Madre, embarazada, al igual que antes. De nuevo se detuvo. Sobre ella había un enorme letrero: Lecciones. Después de dudar, recogió su falda y caminó a través del callejón indicado por la flecha del anuncio. Yo me apresuré a cruzar la calle pero Madre ya había desaparecido. El edificio de las lecciones apareció a un par de vueltas por el callejón. En la entrada estaba un muchacho vestido como un matón. Me interceptó: no se permiten estudiantes. Tengo que buscar a alguien, es una emergencia. Realmente sentí que debía encontrar a Madre y decirle algo. Está bien, dijo el muchacho, encogiéndose de hombros, como si yo le hubiera puesto en su lugar. No es el gesto que haría un matón.

Me encontré dentro de un lugar enorme y pobremente iluminado. Aja, un salón de baile. Debió haber sido temprano, todo lo que podía escuchar era el ruidoso e incesante zumbido de un ventilador así como ocasionales susurros. Mis ojos lentamente se acostumbraron y la encontré. Ella llevaba puestos lentes de sol. Entonces vi el ventilador, colgando del techo. El aire circulante se sentía húmedo y revolvía el cabello de Madre, haciendo que sus puntas se elevaran. Con el cabello recogido y los lentes oscuros, parecía un payaso de circo. Eventualmente, el salón se llenó; los hombres se sentaron en una zona y las mujeres en otra. La banda comenzó a tocar y en medio del escenario una mujer corpulenta comenzó a cantar con una voz queda. El salón de baile se transformó en agitación cuando los hombres se dirigieron hacia las mujeres en busca de una pareja. Madre parecía igual de ansiosa como las otras mujeres a las que aún no se les habían acercado. Ella se giró para ver a las parejas bailando, sus hombros se elevaron como si estuviera teniendo dificultades para respirar. Una vez más su abultado estómago atrapó mi atención. Pobre Madre, una mujer cortada de una tela distinta a la mía, una mujer que, usando su camisón rojo, todas las mañanas solía pasar una hora en el baño, una mujer que fue cruel hacia mí pero pretendió lo contrario. Tiempo después la cantante prácticamente estaba sollozando en el micrófono que aferraba. Las parejas se balanceaban en la pista de baile bajo las luces que alternaban entre rojo carmesí y azul.

Solía soñar con prenderle fuego a la casa, con afilar un cuchillo para matar a Madre y a su hija. Aquellas miradas de conocimiento de ella me hacían sentir culpable, muy asustada.

Finalmente, la cantante terminó y dejó el escenario. Los bailarines se inclinaron hacia sus compañeros y la mayoría de ellos regresó sus asientos. Aquellos que se quedaron extendieron sus palmas sudorosas hacia el ventilador. La música comenzó nuevamente. Maldición, ¿tendré que volver a casa sin ver a Madre bailar? Pero al siguiente instante salió a la pista. Su compañero le rodeó la cintura con el brazo. La rígida falda de nylon de Madre se agitó con la brisa del ventilador. La banda tocó “Danubio azul”. Madre respiraba con dificultad. El hombre parecía incómodo mientras le sujetaba. Él debió haber tenido pensamientos de arrepentimiento. ¿Podría sentir al bebé pateando en la barriga? ¿Ese cretino se echaría para atrás en sorpresa? Lo imaginé esperando desesperadamente a que la canción terminara para así poder liberarse de esta mujer con gafas oscuras y gran barriga.

Quería llorar. Cada vez que el hombre le daba una vuelta en círculo a Madre, los calcetines acolchados que se mostraban bajo los pliegues de su falda parecían botas. Quería saltar entre Madre, mientras giraba con abandono, y el hombre, quien la sujetaba incómodo. Quería arrastrarla hacia la salida y gritar y llorar. Y entonces, lentamente, mi odio hacia ella, corriendo a través de mí como la sangre, sosteniéndome, comenzó a disolverse. Me sentí agotada. Tan pronto como la banda terminó por la noche, Madre se incorporó y desapareció.

Esa fue la noche que fui a la juguetería. La mujer me saludó en silencio. Las luces seguían encendidas y ella miraba hacia la calle. No parecía sorprendida por tener un visitante nocturno. ¿Qué se supone que dijera? ¿Me recuerdas, verdad? Chillé. Una ambigua sonrisa apareció en su rostro. Es demasiado tarde para ir a casa, le dije, ¿puedo pasar aquí la noche? Para mi alivio, ella sonrió. ¿Te gustaría algo de comer? Negué con la cabeza. Todo lo que quería era descansar, y mientras más pronto mejor. Ella llamó a la chica de los mandados y le dijo que cerrara, entonces movió ella misma la silla de ruedas hacia la habitación en la parte de atrás de la tienda, en donde vivía. Mientras la seguía, me pregunté si quizás por mí había dejado las luces iluminando la vacía calle. Dame una mano, ¿puedes? preguntó, extendiéndose hacia mí. Le ayudé a salir de la silla de ruedas y la senté sobre su cama en el piso. Entonces, me hizo acostarme a su lado. Después de un tiempo, se giró hacia mí. Posó su mano en mi cuello y antes de saberlo, nos aferramos en un fuerte abrazo.

Sin decir palabra alguna, nuestros labios se encontraron. Los suyos eran tibios.

Una vez tuve un bebé, murmuró sin aliento, su brazo seguía rodeando mi cuello con fuerza. Soné con hacer mucho dinero y construirme una casa que no tuviera escaleras. Pero aquí estoy, viviendo con un montón de cosas que no se mueven. Nada se mueve por sí mismo. Ella me abrazó más y más cerca.

Escuché en la oscuridad el murmullo de la colcha que nos cubría, mis sentidos cobraron vida con la fuerza de una vertiginosa corriente.

Nos apretamos la una contra la otra y sentí el latido de su corazón. Ella se veía más como una adulta ahora que llenaba mis brazos.

Desperté al sonar de la campana de la iglesia. Aún estaba oscuro. Conté los repiqueteos. Me levantaré al décimo, me dije, pero a la cuenta de diez, en lugar de levantarme me cubrí el rostro con las manos. La mujer estaba acostada dándome la espalda. Probablemente despierta, pero no se movió. No pude escuchar su respiración. Cerré los ojos con fuerza bajo mis palmas. La campana sonó. Abrí los ojos e hice una mueca al ver mi ropa interior, arrojada a un lado como si fuera piel desprendida.

Cuando la luz de afuera brilló, no pude esperar más. Me levanté, colmada de vergüenza, y me vestí. Pasé los dedos a través de mi alborotado cabello. Cuando estaba por marcharme, la mujer levantó la mirada para verme. Su rostro brillaba con los rastros de lágrimas.

Nunca más la volví a visitar. No podía; todo lo que hicimos esa noche me arrojaba una siniestra luz, condenándome. Pero estaba celosa de todo con lo que ella hacía contacto. Todo lo que podía hacer era verla a través de la ventana de la tienda. A veces soñé con ella; soñé en su cuerpo desnudo llenando mis brazos. Y cuando despertaba, me parecía difícil lidiar con la sensualidad y el odio que se formaba nuevamente dentro de mí.

Un centenar de muñecas tentetieso, todas con el mismo rostro, cada una con la misma expresión, acomodadas cuidadosamente sobre mi escritorio. Cuando empujé una de ellas, se agitó y rodó, para entonces volverse a levantar. Las conté, señalando cada una; eran exactamente cien. No había agregado nuevas a mi colección después de aquella noche con la mujer. Ahora también ella debía de estar en su silla de ruedas mirando hacia la calle por la ventana. Una por una hice a mis muñecas rodar en el piso. Pronto hubo un mar de puntos rojos. Cien muñecas, cien adorables alter egos. Solo ellas y yo en el mundo por nuestra cuenta.

La primera vez que vi la juguetería fue un día en que el cielo pareció a punto de estallar y el sol resplandecía como un punto blanco. Me había sacudido una terrible sensación de mareo y tambaleaba cuando noté la tienda repleta con muñecas tentetieso. Sentada detrás de la formación estaba una mujer en silla de ruedas. Quedé desconcertada; la mujer misma parecía una muñeca. No era el mareo lo que me dio esta impresión, sino la serie de pensamientos que aparecieron rápidamente por mi mente como imágenes en movimiento: un balcón bañado por la luz del sol, una sombría habitación de ocho tatamis estilo japonés, un niño empujándose a sí mismo en una silla de ruedas, dibujando por todas las paredes.

Me froté los ojos, abrí la puerta, y ahí estaba ella, junto con un par de muletas que descansaban en la esquina. Mi mirada se detuvo en los coloridos juguetes que llenaban la tienda, parecían silenciosamente con vida como si el aliento de la mujer les hubiera llenado de energía. La mujer no parecía tener cuarenta, en cambio, su rostro tenía un destello de manchas oscuras, característica de alguien mucho mayor. Dudé en la entrada. ¿Puedo ayudarte? la mujer preguntó. Señalé las muñecas, no porque hubiese decidido comprar una de ellas sino porque mi mirada se había detenido en donde habían llenado uno de los contadores. La mujer llamó a alguien dentro de la habitación en la parte de atrás y una chica salió y me regaló una de las muñecas rojas de plástico.

Esa noche soñé con mi hermano pequeño que ya había muerto, y desde entonces pasé por la juguetería cada noche y compré una muñeca. Era como si esta rutina, como encender una serie de lámparas, le diera sentido a mi frío y triste mundo interior. A veces sentía como si un vigoroso capullo de gusano estuviese siendo tejido dentro de mí. Este crecimiento pesó con fuerza en mi corazón, y cuando tomé una de las muñecas redondas casi podía sentir su rojo exterior chocando contra la cáscara del capullo. Me sentí atemorizada por la mujer inválida y los imaginarios movimientos silenciosos de sus distintos juguetes, pero las muñecas que estaba coleccionando me confortaron.

Ver a la mujer en la juguetería disparó todos los viejos recuerdos sobre el segundo piso que nuestra familia rentó en una vieja casa estilo japonesa; mi pequeño hermano en su silla de ruedas; nuestra ama de llaves, más tarde nuestra madre, con su amplio pecho y alegre voz. Y recordé las habitaciones con los tatamis; grandes pero insípidas, oscuras y sombrías. Solo el balcón era soleado. Recordé nuestros muebles, los cuales se había convertido en mi área de juego personal; los armarios malolientes y el enorme piano que descansaba contra la pared. Ninguno de nosotros sabía por cuánto tiempo habíamos tenido este viejo instrumento. Había perdido su laca negra, las teclas de marfil se habían amarillado, y algunas de ellas producían un tomo ahogado. Mi hermano pequeño tuvo poliomielitis y pasó la mayor parte de sus días en la silla de ruedas, pintando las blancas paredes, tan alto como le era posible. El campanario de la capilla, el cabello rizado de la ama de llaves; todo lo que sus ojos veían fue convertido por su mano en un mural. Y cuando no había más qué dibujar, se desvestía y hacía un elaborado dibujo de su cuerpo. Insistió en también dibujarme desnuda. Y así los murales fueron unidos por hombres y mujeres en distintas formas con las poses más sinceras. No pasó mucho tiempo para que Hermano llenara las paredes con sus dibujos, los cuales terminaron a cierta altura como si estuvieran confinados por un borde. Un día, la ama de llaves se rió mientras pasaba sus desproporcionadas manos sobre ellos. Hermano comenzó a molestarla, “Quítate la ropa, Tía, ¡y te dibujaré también!” La ama de llaves le dio una sonrisa de comprensión y le pegó suavemente en la cabeza. Él lloró lo que restó del día, pidiéndole una y otra vez que se desvistiera.

Un día, regresé de la escuela y lo encontré esperándome en la parte superior de las escaleras, sujetando un trozo de papel repleto con su trabajo. Me gritó alegre y comencé a subir los escalones. De pronto, se abalanzó hacia mí dando tumbos en la silla, sus manos apretaban las ruedas. Sus gritos parecían provenir de todas partes, y entonces chocó contra el piso de cemento. Su cabeza era un caos sangriento, su rostro hinchado como el de un cadáver.

Partes de la silla de ruedas yacían en todas partes. Tomé la hoja con el dibujo de la mano de Hermano. El papel se rompió, una esquina permaneció en sus dedos. Con un nudo en la garganta miré fijamente el papel, abrazando lo que quedaba de la silla de ruedas, hasta que vinieron y se llevaron a Hermano. Algunas flores, quizás eran crestas, habían sido dibujadas con crayón rojo. Era la primera vez que había dibujado flores; no podías verlas desde el segundo piso. Detrás de las flores estaba una mujer desnuda. En mi mente era la ama de llaves. El rostro no parecía ser el de ella, pero nadie más en donde vivíamos tenía el pelo rizado y el pecho absurdamente enorme de la mujer en el dibujo.

Después de la muerte de Hermano, quedamos solo la ama de llaves y yo. Los días pasaron lentamente. Siempre me aferré a la ilusión del rostro de Hermano, pálido como luna llena antes del atardecer, fluctuando entre sus obras de arte en las paredes. La vista de sus dibujos me desgarraba el corazón.

Padre, quien todo el tiempo había vivido lejos de nosotros, regresó después de la muerte de Hermano. Se quedó por un tiempo y casi siempre fue cariñoso conmigo. Cada tarde me llevaba a los muelles, donde los botes eran amarrados en una fila. Me dejaba acompañarlo cuando iba a pescar en agua salada, y cuando regresábamos comíamos peces gobies cocidos en salsa de soya y especias, lo que en la cena acompañaba nuestro arroz y sopa.

Una mañana, desperté para encontrar que todo había cambiado. La ama de llaves salió de la habitación de Padre, aplacando su espeso cabello y cuando llegó el momento para que me marchara a la escuela, ella no peinó mi cabello ni preparó mi desayuno como usualmente lo hacía. Me fui llorando hacia la escuela, mi cabello enredado como el nido de una urraca. Volvieron todos los recuerdos de mi hermano pequeño. Y esa noche Padre se fue.

La situación en casa cambió, pero nadie me dijo por qué. Padre nos visitaba con frecuencia y la ama de llaves siempre pasó la noche en su habitación. Lentamente asumió el papé de mi madre y su alegre voz se podía escuchar en cada parte de la casa. Ella constantemente producía bebes o eso me pareció la mayor parte del tiempo. Los llantos jamás se detuvieron, pero al menos esto le dio color a la vida en casa. Sobrevivían hasta el primer año, pero cuando era tiempo de la llegada del siguiente bebé, les daba diarrea y morían. Al principio, la ama de llaves cuidó de mí en cada aspecto. Ella incluso asistió a las reuniones de la escuela, aunque se vestía como refugiada del campo. Pero su amabilidad lentamente se convirtió en crueldad. Si le decía que necesitaba dinero para lápices o cuadernos, me miraba acusadoramente como si dijera que lo que realmente quería era comprar bocadillos. Comencé a roba lápices y crayones de mis compañeros de clase. Muy pronto ninguno quiso sentarse a mi lado, y mi maestra monitor se acostumbró a voltear boca abajo mi mochila y vaciarla. Mi respuesta fue esconder un trozo de tiza en mi bolsillo y tomarme todo mi tiempo en pintarrajear las paredes del baño, “La maestra es una perra. Mamá es una perra.”

Me metí en una cascara dura, y mientras más me alejaba, más fiero era el odio que tenía por Madre. Los recuerdos de mi hermano pequeño se volvieron más vividos. Y entonces Madre procedió a limpiar las paredes con todos sus dibujos; aquellos dibujos en los cuales seguía vivo, dibujos que habían atrapado mi afecto. Uno a uno los fregó con un trapo húmedo. Me aferré a ella, intentando detenerla, pero me empujó. “Es tu culpa que muriera,” dijo, su tono era distante. “Si hubieras venido a casa un poco antes o un poco después, esto nunca habría pasado. Él jugaba tan bien por su cuenta, ¿por qué tuvo que morir?” Nuestra relación se volvió glacial. El odio que se aferraba a mi alma, mi disposición para confrontar a los demás, para sentirme victimizada, me tensaba los nervios. Mi odio por Madre comenzó a sentirse como la fuerza que empujaba mi vida.

Finalmente, le escribí una carta a la mujer en la juguetería, “De nuevo anoche soñé contigo. Cada noche sueño contigo, desnuda. Sufro por la intolerable vergüenza de todo eso. ¿Recuerdas la noche que fui hacia ti? Si tan solo pudieras olvidar. Por favor, olvidado y permíteme entrar a tu mundo una vez más.” La leí en voz alta. Sonó un poco teatral, pero había un sentimiento genuino en ella.

Por varios días fue colocado un cartel en la ventana de la juguetería: CERRADO POR REMODELACIÓN. Estaba frenética. Ahora ni siquiera podía verla en las noches a través de la ventana, mucho menos visitarla. La carta que había escrito se manchó por tanto sujetarla; las arrugas se fueron desgastando.

En donde había estado la juguetería apareció un salón de té. La puerta ahora estaba abierta. Los ramos por celebración que bordeaban la entrada le dieron al lugar un ambiente de carnaval. Entré, parcialmente esperando que apareciera la juguetería y la mujer, bañada en sus brillantes luces y rodeada por todos los juguetes, para que me diera la bienvenida. “Te amo”, sonaron los altavoces, “Te amo”. La nueva dueña me saludó desde el mostrador con una suntuosa sonrisa. Sus uñas estaban cuidadosamente recortadas. Miré a mí alrededor. Nunca podría haber adivinado que alguna vez estuvo aquí la juguetería. Pero incluso con las luces rojas y azules, los amantes que llenaban las sillas, y el enorme acuario donde peces tropicales hacían burbujas y más burbujas, pude visualizar en dónde se había sentado siempre la mujer de la juguetería, en dónde habían descansado sus muletas, en dónde habían sido colocados aquellos juguetes vívidos. Caminé al exterior. La misma voz estruendosa siguió gritando por las bocinas, “Te amo”.

Imaginé a la mujer rodando su silla de ruedas en búsqueda de una nueva vida, seguida por los encantadores carros de juguete y detrás de ellos las muñecas tentetieso que se balanceaban por su cuenta, y las otras muñecas caminando rígidamente detrás. Pero ellos bien podrían haber estado en un país extranjero, tan lejos de mi alcance como lo están ahora. Por un instante, me sentí liberada. Pero también sentí una soledad que nunca terminaría. Pronto, me volvería a esconder dentro de mi dura cáscara como un caracol, estando ahí para abrazar las visiones de mi hermano pequeño y mi odio por Madre, junto con las obscenas imágenes de mi unión con la mujer en la juguetería. Tendré que deshacerme de las muñecas que me esperan en mi escritorio. Puedo vivir sin ellas, tengo que hacerlo. Pero este pensamiento no logró consolarme. Mis piernas no dejaban de temblar. No había estrellas en el cielo. Mi corazón se estaba secando, ¿cuánto tiempo más antes de que se derrumbase?

*

Traducción: Siboney69

Sobre la autora: Nació en Seúl en 1947, Oh Jung Hee (O Chŏng hŭi) hizo su debut literario en The Joong-ang Daily News con “La mujer en la juguetería” (Wan gujom yoin) en 1968. Sus mejores historias, tales como “Juego al atardecer”, “El espejo de bronce” y “Palabras de despedida”, son evocaciones poderosas, sensibles y cuidadosamente formadas sobre la lucha de personas comunes en la época actual. Una crítica dice que los trabajos de Oh Jung Hee expresan su trágica visión única del mundo y su irreparable alienación por ella. [Fuente en inglés: Korea Journal]

Notas de traducción:
- 오똑이 (ottog-i): Juguete “roly-poly”, es decir, que se incorpora por sí mismo.
+ En español es Tentetieso: Un tentetieso, tentempié, siempretieso, porfiado, mono porfiado o muñeco porfiado es un muñeco con una base semiesférica que actúa de contrapeso, de modo que tras golpearlo siempre vuelve a su posición inicial. [Fuente: Wikipedia]

+ Busqué imágenes de muñecas coreanas de este tipo en los años 50s y 50s, pero no tuve éxito. Lo único que encontré fueron diseños “modernos”. Por otra parte, sobre la historia de este juguete me parece que se remonta a los Daruma (japonés) en su forma más común de Okiagari-koboshi. Les dejo la imagen de un juguete japonés (?) supuestamente de los años 80s.

- Sobre “Danubio azul” (푸른 다늄강). Teniendo en cuenta que la canción es interpretada en un salón de baile (posiblemente un tanto underground) y la historia está ambientada en los años 50s-60s, dudo mucho que se trate del vals de Johann Strauss. Así que buscando me encontré con Song Mindo (송민도), cantante que nació en 1925 y cuya trayectoria artística abarca de 1947 a 1960. En este blog encontré dicha canción.

- Poliomielitis: La poliomielitis es una enfermedad muy contagiosa que afecta principalmente a los niños. El virus se transmite de persona a persona principalmente por vía fecal-oral o, con menos frecuencia, a través de un vehículo común, como el agua o los alimentos contaminados, y se multiplica en el intestino desde donde invade el sistema nervioso y puede causar parálisis. Los síntomas iniciales son fiebre, cansancio, cefalea, vómitos, rigidez del cuello y dolores en los miembros. En una pequeña proporción de casos la enfermedad causa parálisis, a menudo permanente. La poliomielitis no tiene cura, pero es prevenible por medio de la inmunización. [Fuente: Organización Mundial de la Salud]

- Gobies: Los Gobies forman la familia Gobiidae, que es una de las familias más grandes de peces, con más de 2.000 especies en más de 200 géneros. La mayoría son relativamente pequeñas, típicamente menos de 10 cm de longitud. Gobies incluyen algunos de los vertebrados más pequeños del mundo, como las especies de los géneros Trimmatom nanus y Pandaka pygmaea, que tienen menos de 1 cm de largo cuando están completamente desarrolladas. Algunos gobios grandes, como algunas especies de los géneros Gobioides o Periophthalmodon, pueden alcanzar más de 30 cm de longitud, pero eso es excepcional. Por lo general, son bentónicos, o habitantes del fondo. Aunque pocos son importantes como alimento para los seres humanos, son de gran importancia como especies de presa para peces comercialmente importantes como bacalao, eglefino, lubina y peces planos. Varios gobios también son de interés como peces de acuario, como los gobies abejorros del género Brachygobius. Las relaciones filogenéticas de los gobios han sido estudiadas usando datos moleculares. [Fuente: Edicalingo]
+ Tridentiger es un género de peces de la familia Gobiidae y de la orden de los Perciformes. Estos peces son nativos de las aguas costeras de China, Japón y Corea, [...] [Fuente: Wikipedia]


Traducciones en inglés o español de las obras de Oh Jung-hee
- [Historia corta] “Ancient Well”. Disponible en Korean Literature Today Vol.9, No.2 (2004)
- [Historia corta] “Chinatown”. Disponible en Korea Journal Vol.30 No.1 (1990)
     + (Audio capsula) [KBS Radio - Páginas y Autores] 2018.10.23 Oh Jung-hee “El barrio chino”
- [Historia corta] “Evening Game”. Disponible en Korean Literature Today. Vol. 4, No.4 (1999)
      + [Historia corta] [ESP] “Juego nocturno” // Incluida en la colección: “Narradoras coreanas contemporáneas: diez relatos” (2011)
- [Historia corta] “Garden of my Childhood” (tr. Ha-yun Jung). Disponible en Words without Borders. Número de Noviembre, 2005.
- [Historia corta] “Lake P'aro”. Disponible en Korean Literature Today. Vol. 3, No.4 (1998)
- [Historia corta] “Spirit on the Wind”. Disponible en Acta Koreana.Vol.11 No.2 (2008) y “The Red Room: Stories of Trauma in Contemporary Korea” (2009)
- [Historia corta] “The Bronze Mirror”. Disponible en Korea Journal Vol.26, No.1 (1986)
[Historia corta] “The Monument Intersection” // Incluida en la colección: “The Golden Phoenix: Seven Contemporary Korean Short Stories.” (1998)
- [Historia corta] “The Party”. Disponible en Korea Journal Vol.23, No.10 (1983)
- [Historia corta] “Wayfarere” // Incluida en la colección: “Wayfarer: New Fiction by Korean Women” (1997) y “The Future of Silence: Fiction by Korean Women” (2015)
- [Historia corta] “Weaver Woman”. Disponible en Acta Koreana.Vol.6 No.2 (2003)
- [Historia corta] “Words of Farewell”. Disponible en Korea Journal Vol. 28, No.1 (1988)

⇒ [Colección] River of fire and other stories // Incluye:
-The toy shop woman
- One spring day
- A portrait of magnolias
- River of fire
- Morning star
- Fireworks
- Lake P’aro
- The release
- The old well

⇒ [Colección] [ESP] El espíritu del viento y otros relatos // Publicada en 1997, incluye:
- El espíritu del viento
- El espejo de bronce
- La lluvia nocturna
- El jardín de la infancia
- La calle de los chinos

⇒ [Novela] [ENG] The Bird
     + (Audio - fragmento) [LTIKorea] The Bird by Oh Junghee
⇒ [Novela] [ESP] El Pájaro // Publicada en español en 2007
     + (Video capsula) [LTIK] 47- Literatura Coreana - OH Jung-hee = 한국문학번역원 스페인어판 (Spanish)Oh Jung-hee

 Comentario personal: *Pendiente*

1 comentario:

  1. "Su trágica visión del mundo y su irreparable alienación por ella"... ¡Es algo muy triste!

    De nuevo no estoy segura de haber entendido todo, primero pensé que el personaje estaba soñando, luego me perdí espacialmente. Pero leer este relato me generó mucha pena, la mujer que narra está sumamente sola y da la impresión de tener muchos pesares :(

    Gracias por estas traducciones! He disfrutado leer los distintos relatos <3

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